Amadeo I

Amadeo I

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Colaborando en la travesura que se traían mis amigos, nos procuramos mantillas blancas y negras en diferentes casas de préstamos, y en lo restante del día y mañana siguiente organizamos la graciosa mascarada que había de desvirtuar y corromper la manifestación de las católicas damas alfonsinas. No fue empresa difícil reunir y contratar dos docenas de mozas del partido, bonitas las unas, atarascadas las otras, útiles todas para el efecto que nos proponíamos obtener. El pícaro Ducazcal sacó, no sé cómo ni de dónde, ocho carretelas de lujo, algunas blasonadas, con lucidos troncos de caballos.

La función resultó brillante, abigarrada, jocosa. Salieron aquella tarde las alfonsinas aderezadas con sus mantillas y peinetas, creyendo realizar de este modo una protesta muda contra la nacionalidad exótica de nuestros Reyes. Ridículo, afectado y artero resultaba el españolismo de nuestras clases altas. Las que desde el segundo tercio del siglo habían renegado de todo lo castizo, arrojando al montón de las prenderías las modas españolas, y vistiéndose, comiendo y hablando a la francesa, salían ahora con la tecla de adoptar preseas sacadas del Rastro indumentario. Bien hicieron los pícaros de la política en poner frente a ellas el manchado espejo de un Rastro moral.


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