Amadeo I

Amadeo I

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Con los dinerillos que dio a mi mujercita la Marquesa de Navalcarazo, por ciertas labores de aguja, y algo que yo ganaba escribiendo en El Diario del Pueblo, fundado por mi amigo Valero de Tornos, pagábamos nuestro pupilaje, y aún nos restaba para menudencias y honestos placeres. Debo decir, entre paréntesis, que en mi Obdulia se armonizaba el romanticismo con las cualidades del perfecto economista. Gracias a ella podíamos regalarnos diariamente en La Perla, yo con mi café, ella con su vasito de leche merengada.

Los billetes del periódico nos permitían el goce del teatro: en el Circo de Paúl nos entreteníamos oyendo a la Williams, actriz bonita y salada que con el gracioso Rosell representaba el Mambrú, pieza de circunstancias llena de picardía. En el Teatro Circo vimos dos o tres veces el famoso zarzuelón Barba Azul; en Capellanes nos descuajábamos de risa con la desvergonzada revista Los prófugos de Ultramar, sátira del escándalo de los Dos Millones que, según la gente maliciosa, afanaron Sagasta y el pollo antequerano.






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