Amadeo I
Amadeo I Pero lo que más nos encantaba y divertía era el arte maravilloso de la célebre prestidigitadora Benita Anguinet, en Variedades. Titulábase la función Los milagros de la brujería, y como yo había sido un poco brujo hallaba singular deleite en aquel espectáculo de escamoteos, sorpresas, juego de luz y tinieblas, que confundían la mentira con la realidad. Era la Anguinet una señora simpática, gorda sin menoscabo de su agilidad: encontraba yo en ella un parecido notable con Pepita Izco, heroína de mi breve idilio místico y sensual de Durango. Por esta razón eran más calurosos mis aplausos a la mágica de opulentas carnes y sortilegios diabólicos. Una noche, estando Obdulia y yo en segunda fila, vi en la primera a mi pasado amor María de la Cabeza Ventosa de San José. Estaba con Alberique. A la salida nos miraron con desdén olímpico, como diciendo adiós pobreza. Les pagamos en peor moneda, riéndonos descaradamente de su inflado empaque burgués.