Amadeo I
Amadeo I El tiempo húmedo y ventoso no nos estorbó para recorrer y registrar las maravillas toledanas, desde la inmensa Catedral, relicario de todas las artes, hasta los últimos rincones arqueológicos, como el Cristo de la Luz y el Cristo de la Vega. Rendidos de nuestras caminatas por las empinadas y torcidas calles, nos acogíamos a nuestra Posada, al amparo de la sombra del amigo Cervantes. Una noche, cenando en anchurosa cuadra junto a la cocina, vi a la Madre Mariana que hacía por la vida en una larga mesa, poblada de arrieros y caminantes. Dos mujeres estaban a su lado, y todos los comensales departían alegremente. Con respeto supersticioso me acerqué a la Señora y le besé la mano. Ordenó ella que Obdulia y yo nos agregáramos a su compañía, y así lo hicimos gozosos. «Celebro encontrarte, querido Tito —me dijo—. Aquí me tienes descansando en esta ciudad que es uno de mis solares predilectos. Me distraigo remembrando cosas de tiempos muy lejanos. Es dulce y confortante hacer revivir los Concilios de Toledo, las cuitas del Rey Sabio, el Rito Mozárabe y charlar con los cardenales Mendoza, Cisneros, Cilíceo, Carranza, y con mis buenos amigos Juan Guas y el Greco».