Amadeo I
Amadeo I —Así será, hijo mío. La Nación está en presencia de graves turbaciones y luchas sangrientas. Para salir viva de ellas necesita sacar de su ser el poder anímico que hoy parece adormecido. Fracasada la conjura de los constitucionales, la rabia del pataleo les inspira resoluciones sumamente cómicas. Entérate de esto: la Duquesa de la Torre ha dimitido su cargo de Camarera Mayor de la Reina, y el Duque renuncia a todos sus empleos, títulos y condecoraciones. La figura de Amadeo se ha crecido a mis ojos. Presumo que en su mente germina y florece la idea de la abdicación. ¿Estamos frente a un acontecimiento digno de mí?
Sorprendido quedé viendo el arrogante ademán con que Mariana se levantó de su asiento. La sorpresa fue pasmo y admiración cuando la vi transfigurada de vieja caduca en matrona gallarda, de rostro helénico y figura escultórica. Temblé de emoción al oír el vibrante sonido de su voz, pronunciando este imperativo llamamiento: «Graziella, ven; ha llegado la hora. Saca del arcón mi clámide más hermosa. Tráeme la diadema y el coturno… ¿No entiendes, tonta?… Mis borceguíes de tacones de oro».