Amadeo I
Amadeo I Daba el brazo el Monarca dimisionario a su digna y santa esposa, doña MarÃa Victoria, envuelta en pieles. No se le veÃa más que el rostro pálido, con marcadas huellas de dolencia reciente. No parecÃa pesarosa de abandonar la colosal vivienda que fue para ella lugar de ansiedad y martirio. A los que fueron sus servidores despedÃa con sonrisa graciosa y afable. CreÃmos que les decÃa: «No me llevo más que lo mÃo, marido y mis hijos. Os dejo todo lo vuestro, una corona que no ambicioné y un tÃtulo de Reina que no fue para mà más que una palabra vana».
Rodeaban a los Reyes personas finchadas de estas que llaman hombres públicos. No transcribo nombres porque no estoy bien seguro de acertar en mis designaciones. HabÃa entre ellos algunos militares que en ocasión distinta enumeré en estas páginas. Confundido entre la turbamulta, y como si quisiera ocultar con su persona su desconsuelo, iba Ruiz Zorrilla, con luto y resignación en el rostro macilento. En la cola de la procesión vi a mi adorada señora MariclÃo, tan grande que no habÃa techo de suficiente alteza para su figura majestuosa. VestÃa la clámide griega, calzaba el coturno y ceñÃa su frente la diadema cuyos reflejos iluminaban el Espacio y el Tiempo. Su rostro clásico, sus labios mudos y sus ojos divinos decÃan: «Al fin encontré la página hermosa. Ahora soy quien soy».