Amadeo I

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Sospechando que la señora Marquesa de Navalcarazo pudo ser causante de mi desventura, interrogué a Celestina, la cual, soltando de nuevo su reír frescachón, me dijo: «La señá Marquesa es muy católica, eso sí, pero no se mete en los líos de sus criadas, ni se cuida de lo que ellas hacen o dejan de hacer con sus novios. La Marquesa no piensa más que en el suyo… Por cierto que ya se ha reconciliado con el caballero de Uclés… El galán ha vuelto arrepentido cantando la mea culpa. La señora le ha perdonado, y tan creída está de que por sus oraciones ha vuelto el caballero, que ayer, en acción de gracias, confesó y comulgó, y a las monjas del Sacramento llevó de limosna un buen puñadito de monedas de cinco duros. Protege de largo a la Comunidad. Es beata de ley, socorre a los necesitados, y como tiene más dinero que pesa, a todos atiende: da para el culto, da para que se casen los amancebados, da para los pobres de su casa y de la casa de Uclés, y siempre le queda un buen pico para mandárselo al pobrecito Papa, que está preso, como usted sabe, en su propio palacio convertido en cárcel por esos malditos italianos… ¡Ay, Jesús!».





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