Amadeo I
Amadeo I Estrujando la carta en el puño dije a Celestina que aquello me parecía una estúpida farsa. La letra era de Obdulia; pero no el sentido ni la intención de la carta. Algún mal intencionado la obligó a escribirla, dictando quizás parte de ella. En el párrafo tocante a mi supuesto discurso en la reunión de la Alhambra, vi bien a las claras la malvada inspiración directa del siniestro mastín que había querido morderme en la plaza de la Armería. Cierto que estuve en la reunión de los federales y que pronuncié algunas palabras; más no fueron para meterme con Dios ni ensuciarme en las imágenes de santos. Celestina, dejándome ver su blanca dentadura, se reía de mi furor y de las vulgares perfidias que lo motivaban. Confesome que la familia de la muñeca no aprobaba sus relaciones conmigo; querían casarla con un hombre de más fuste y estatura. Lo de estimar los maridos por la alzada levantó en mí una borrasca de indignación. Díjome también que Obdulia me tenía ley, y vacilando entre el amor y la obediencia, se hallaba la pobre como una borrica entre dos piensos.