Amadeo I
Amadeo I Aquel hombre, que, según dijo, venía de comer en Lhardy, hablaba con salpicaduras de saliva y un galopar tumultuoso de los conceptos. Creí advertir en su lenguaje los efectos de un mediano exceso en la bebida. Sin venir a cuento, sacó un largo puro habano, diciéndome: «Tome este tabaco. Es de los de regalía». En seguida me dio otro, y cuando yo creía que tomaba aliento para seguir despotricando, se levantó, dejándome con mis observaciones atravesadas en la boca… Le vi acercarse a las que llamaremos damas por no saber qué nombre darles, y se fue no sé por qué puerta… Acerqueme entonces a la Tía Clío con avidez para interrogarla, y me volvió la espalda, volteando su anchuroso cuerpo, pobremente vestido… Y al instante, sin decirme una palabra, sin dejar tras de sí otro rumor que el de sus chancletas sobre la gastada esterilla, desapareció. Mis ojos la buscaban; buscándola la perdieron de vista. En medio de la sala quedeme perplejo y apenado… Cogí de un brazo a Felipa y le dije: «Ven, vámonos de aquí, mujer, que en esta casa hay duendes».