Amadeo I
Amadeo I «Esto va muy bien —me dijo mirando a un periódico que al lado tenÃa, como si estuviera leyendo la EpÃstola—. Si don Manuel sigue por el camino que ha emprendido, la democracia forzosamente ahogará la MonarquÃa, y don Amadeo tendrá que volverse a su tierra diciendo: 'Españoles, habéis demostrado que merecéis la República…'. La benevolencia se impone. Pi Margall, Castelar y Barcia, que forman el Directorio, dirán a las masas en el manifiesto que preparan: '¿Hemos de tratar con igual rigor a los que nos dan condiciones de vida y de progreso, y a los que pugnan por quitárnoslas?'. En fin, yo estoy contento. Esto marcha… Claro es que Sagasta y el Duque pondrán en el camino de don Manuel chinitas y peñascos… pero, amigo, todo lo vence amor o la pata de cabra, todo lo vence el principio sacrosanto de libertad, ese rayo de Dios, esa palanca, esa panacea…».
Nos burlamos luego de los carlistas, diciéndoles ante el mármol de la mesa del café: «Venid, echaos de una vez al campo… Asà os aniquilaremos más pronto». Nos reÃmos de las damas católico-alfonsinas. Ya podéis guardar en vinagre o en alcohol a vuestro niño. La Patria le rechaza (frase de Castelar), como el mar arroja a la playa los cadáveres… Y dicho esto, nos quedamos tan frescos, con permiso del calor que nos abrasaba. Don Santos pagó mi café, y yo me fui a la calle… ¡Oh calle, única delicia y recreo del hombre tronado!