Amadeo I
Amadeo I Pues, señor, me endilgué al instante mi trajecito, que me caía muy bien, y salí a la calle gustoso de exhibir en ella mi persona, recluida por falta de vestimenta… Y bien podría mi buena sombra depararme una conquistilla que me consolara de tantos infortunios… Después de pasear un rato por las aceras, caldeadas del sol, volví a casa, donde reparé mi organismo con el frugal comistraje que me aderezaba la portera. Fuime después al Café Oriental, y me arrimé a la tertulia de don Santos la Hoz, Roque Barcia, Rispa Perpiñá y otros desinteresados patriotas. Sólo estaba el primero, y con él me explayé hablando de la situación y poniendo la persona de Zorrilla sobre el cuerno de la luna.
Ya sabéis que don Santos la Hoz era un curita que condenó a garrote vil sus hábitos, metiéndose de lleno en la vida laica y en el torbellino de la política, primero progresista, después republicana. Mezquino de cuerpo, ahilado de rostro, en el cual dejó crecer patillas y un lacio bigote; suelto de nervios y más suelto de palabra, don Santos ponía en la política toda la honrada vehemencia que su alma no pudo encontrar en la vida eclesiástica… Había cambiado de tema, de norte y de ideales; pero su estilo era el mismo, y en los clubs tenía dejo y tonos de predicador; en el café, delante del licor negro y humeante, movía las manos y miraba al vaso como un grave sacerdote que está diciendo misa.