Amadeo I

Amadeo I

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Al día siguiente supe que se había hospedado en una casa donde la honestidad no tiene su asiento… Como yo esperaba y temía, volvió… Burla burlando nos enredamos en reconvenciones, más eres tú y que torna, que vira… Con furia un tanto grotesca Felipa me cogió de improviso doblándome por la cintura en la disposición de darme lo que llaman en Cuba un boca-abajo, y con la palma de su mano dura me arreó tal azotina en semejante parte, y luego tales estrujones en la espalda y cabeza, que olvidé mi condición varonil para chillar como un niño. Concluyó el castigo poniéndome en pie y zarandeándome. «Aunque me voy, pizca de hombre —me dijo cogiendo la puerta—, no creas que te dejo campar solo… ¡Qué sería de este pobre Tito sin mis azo… titos!…».

Al siguiente día recibí por un mozo de cuerda un paquete conteniendo entre papeles un terno de lanilla de los que en El Águila valen cinco o seis duros. No era nuevo, pero sí en buen uso, comprado a una prendera, o en el Rastro. Debió de pertenecer a un niño de catorce años, y a mí me venía como si me lo hubieran hecho por medida. En un bolsillo del chaleco encontré dos pesetas envueltas en un papel. La procedencia del regalo ninguna duda me ofrecía. Antes que el mozo me diera las señas de la donante, reconocí a Felipa, que era una bestia muy delicada…


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