Amadeo I
Amadeo I A estos males se sumaron otros, que por ser de calidad afectiva dolían y amargaban más, y fue que Felipa empezó a mostrarse displicente y a renegar de mi estado financiero. Aunque me adoraba, según decía, no se sentía con fuerzas para vivir del aire como los camaleones, y en sus actos y aun en la palabra, notaba yo el propósito de poner entre mi descarnada pobreza y su gallarda persona la distancia que impone el instinto de conservación. A cada momento, por un daca o por un toma, nos peleábamos… El regaño gordo vino al cabo, y la vi recoger su ropa para marcharse a vida menos ruin. Como yo observara que alguna prenda de su uso dejaba en casa, pensé que preparaba un artificio para volver… Al verla salir, tomé una actitud de dignidad severa, sin desplegar los labios ni alterar mi adusto entrecejo…