Amadeo I
Amadeo I Aunque doña Cabeza me dijo aquella tarde que se vería en el caso de despedirme de su casa, en tal forma lo dijo, y con tal mimo de quiero y no quiero, que me tuve por vencedor. Debo declarar que mi pasión era sincera, y que mi protectora se hacía dueña de todo mi ser. ¿Había encontrado mi felicidad y la solución de los graves problemas de mi vida? Tal vez… A los tres días de aquella mi flamígera declaración, desesperado vuelo de un alma que huye del vacío, aseguré y celebré mi triunfo. Loco de orgullo juré amor eterno, fidelidad hasta la muerte. Y cuando a este culminante fin llegaba, un desengaño enfrió mi entusiasmo. María de la Cabeza no era viuda, como presumí viéndola vestir de alivio. Por ella supe que su viudez consistía en vivir separada de su esposo, un perdido criminal, con méritos bastantes para ir a presidio. En Madrid andaba el tal: su mujer le pasaba un duro diario, y de vez en cuando le pagaba las trampas; pero antes muriera que admitirle a su lado. La riqueza, las tiendas y alguna finca rústica eran de ella. No refiero lo que Cabeza me contó del engaño y disparate de su casamiento, porque no añade ni quita interés a esta verídica historia.