Amadeo I
Amadeo I Si me afligió por un lado el saber que mi dama no estaba capacitada para segundas nupcias, me agradó mucho conocer su abolengo liberal, rancio y clarísimo, como esas aristocracias cargadas de blasones. Mi señora era nieta, por parte de madre, del gran don Benigno Cordero, espejo de milicianos, que inmortalizó su nombre en el Arco de Boteros, hoy 7 de Julio; sobrina, en segundo grado, de Calvo Asensio, y en tercer grado, de don José Abascal. Parentesco lejano tenía con Mariana Pineda, y cercano con don Vicente Rodríguez y don Juan León Moncasí. Su padre, don Lucas Ventosa, fue uno de los más leales amigos de Espartero, íntimo de don Evaristo San Miguel y de don Ramón de Calatrava. En su casa, y en la de sus padres, Cabeza se pasó parte de la vida bordando banderas para los batallones de milicianos. Era la encarnación del ideal progresista, y en sus dos tiendas se refugiaron una y mil veces los cabildeos electorales y aun los tapujos revolucionarios. Toda esta tradición cálida y candorosa se fue acumulando en la cabeza de mi doña Cabeza, tan entusiasta de Prim, que lloró tres días cuando le mataron. Muerto el héroe, la idolatría de mi dama vino a condensarse en el único santo que, a su parecer, representaba las glorias del Progreso, don Manuel Ruiz Zorrilla.