Amadeo I
Amadeo I Yo también me volví radical como el mismo don Manuel, o como su trompetero Ángel Fernández de los Ríos. Fuera de esto, yo estaba en la gloria, bien comido, bien bebido, admirablemente apañado de ropa, y satisfecho en cuantas necesidades y estímulos constituyen la vida espiritual y fisiológica. El marido de Cabeza, Serafín de San José, no me inquietaba gran cosa. Alguna vez me tocó despacharle con tres pesetas o un duro, sacados del cajón; era un cínico silencioso que a su degradación ponía máscara de prudencia. Más me inquietaban algunos parientes de Cabeza que se retraían de visitarla, reprobando así discretamente su irregular trato conmigo. Y mayor zozobra que el despego de los primos y agnados me causó la insistencia con que paseaba la calle un sujeto alto y zancudo, de color cetrino, barba negra, nariz tajante, con lentes que daban no poca impertinencia a su mirar fisgón, bien vestido, la chistera un poco ladeada. Advertí un día que al pasar le saludó Perico Luna, que solía tertuliar en mi tienda.