Amadeo I

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Interrogué al amigo, que así me dijo: «Es un tal Alberique, amigo de Madoz, empleado que fue en La Peninsular. No tiene hoy más oficio ni más beneficio que pintar la mona y hacer el oso». Por algo más que se escapó a la discreción de Luna, y otro poco que me indicó Roberto Robert, sospeché que aquel tipo había sido mi antecesor en los blandos afectos de mi señora doña Cabeza. No necesité saber más para decidirme a espantar al enojoso estafermo. Elegida la ocasión más favorable, salí a la calle una mañana, y me encaré con el cargante individuo. A quemarropa le di el quién vive en la forma que cuento, y no es jactancia: «Caballero, quiero saber qué se le ha perdido a usted en esta parte de la calle, y qué motivos tiene para montarnos la guardia. Si es policía, dígalo y se le dará una propineja para que no moleste tanto».

—Señor enano de esta venta —me replicó zumbón, ajustándose los lentes en la nariz huesuda y poniéndose en facha—, yo estoy en mi derecho cogiéndome parte de la calle o la calle entera, y usted váyase a medir percales, y déjeme en paz.

—Si usted me insulta, le diré que voy a coger la vara para medirle a usted las costillas.


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