Amadeo I

Amadeo I

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Al anochecer desfilaron los amigos, y antes de cenar di un salto al Casino Federal, para conferenciar con mis padrinos, hombres inflexibles en materias de honor: Córdoba y López, Ramón Cala… Pasaron tres días; el feroz Alberique no se daba prisa para designar padrinos. Los míos iban en su busca; no le hallaban nunca en su casa. Temimos que se lo tragara la tierra. Pero del centro de ella le habría sacado yo para vapulearle públicamente y pregonar su cobardía. Por fin dio la cara, y se concertó el duelo en las condiciones que imponía la gravedad del caso. Y en los días que precedieron al terrible lance, mi señora doña Cabeza mostró deseos de que yo escribiese en Las Novedades, ensalzando hasta las nubes a don Manuel, y declarándome radical monárquico, bajo el manso poder de don Amadeo I. Claro es que yo no podía negarme a tan dulces requerimientos. Escribí, pues, sin esfuerzo, hinchados panegíricos de la política radical, y el bueno de don Manuel se asfixiaba seguramente con las nubes de oloroso incienso que yo arrojaba sobre él. Llevado y traído por fatal corriente misteriosa, yo era el campeón de todas las causas. En corto tiempo enaltecí con mi fácil pluma el federalismo intransigente, el federalismo templado, la monarquía conservadora de Serrano y Sagasta, y la monarquía democrática de Ruiz Zorrilla. Era yo, pues, un caso peregrino de proteísmo; y ved, amigos, cómo esta mi voluble constitución mental venía consagrada desde mi nacimiento y bautismo por mi nombre y cognomen. Yo me llamo, sabedlo ya, Proteo Liviano, de donde saqué el Tito Livio usado en mis primeros escritos, y el Tito a secas que hoy merece mi preferencia por lo picante y diminuto.


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