Cádiz
Cádiz —A mí no se me seduce con besitos, niñas —repuso el viejo vacilando entre el rigor y la tolerancia—. Cada una a su puesto, a leer, a coser. Asuncioncita de todos los demonios, ¿qué descaro es ese?
—Calle usted, so bruto —dijo Asunción con muchísima sal.
—Si es un animal —añadió Presentación dándole un sopapo con su suave manecita.
—Más respeto a mis canas, niñas —exclamó afligido el anciano—. Si no fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos, porque las he cantado el ro-ro…
Presentación haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo:
—¡Oh! Sr. D. Protocolo, ¿usted por aquí? ¿Cómo está la señora doña Circunspecta? ¿Va usted al baile del barón de Simiringande? ¿Qué dice hoy la Gaceta de Pliquisburgo?…
—Eh… eh… —exclamó D. Paco, queriendo contener la risa que le embobaba—. Miren la mocosa cómo habla, haciéndose la señora mayor. Buena pieza tenemos en casa. ¡Qué escándalo, qué profanidad! ¿De dónde habrá sacado esta niña tales picardías?