Cádiz
Cádiz Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba desempeñando, llegose a Inés, que también se moría de risa, y le dijo:
—¡Ola, madama! ¿Cómo la porta bu…? ¿Ha visto bu a la condesa? ¡Qué magnífico ha estado el concierto y la ópera de Mitrídates! ¡Oh!, madama… andiamo a tocare il forte piano… Aquí viene il maestro siñor D. Paquitini… tan, taralá, tan tin, tan.
Y se puso a bailar un minueto.
—Vaya —exclamó D. Paco, echándosela de benévolo, pero afectando mucha seriedad— les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada una a su puesto. La señora viene.
Inés continuaba en la reja atisbando afuera, y también a ratos decía:
—¡Que va a llegar!
Presentación volvió a cantar, y luego dijo:
—Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso.
Y sin esperar respuesta del anciano, le tomó por los brazos, haciéndole dar rápidas vueltas.
—Que me atonta, que me mata esta condenada —exclamaba el maestro, describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar.
—¡Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cuánto te quiero! —decía Presentación.