Cádiz

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Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono, dijo:

—Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz.

—El lamparín no quiere andar.

—¿Qué lamparín?

—El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. ¡Ay sé! Este caballo es muy respetoso.

—¿Por qué?

—Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacen cortesías y se preguntan cómo ha ido de viaje.

—¿Quién es Pelaítas?

—El violín del Sr. Poenco. ¡Ay sé! Si usted le dice a mi caballo: «vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y bebe un par de copas», correrá tanto, que tendremos que darle palos para que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la muralla de Puerta Tierra.

Gray prometió al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al oír esto ¡parecía mentira!, el lamparín avivó el paso.

—Pronto llegaremos —dijo el inglés—. No sé por qué el hombre no ha inventado algo para correr tanto como el viento.

—En Cádiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal vez.


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