Cádiz

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—Una sola. Las demás no valen nada, señor de Araceli… Su alma es grande como el mar. Nadie lo sabe más que yo, porque en apariencia es una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardín. Yo la descubrí y encontré en ella lo que hombre alguno no supo encontrar. Para mí solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las tempestades de su pecho… Está rodeada de misterios encantadores, y las imposibilidades que la cercan y guardan como cárceles inaccesibles más estimulan mi amor… Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento.

Si mi conciencia no dominara casi siempre en mí los arrebatos de la pasión, habría cogido a lord Gray y le habría arrojado al mar… Hícele luego mil preguntas[3], di vueltas y giros sobre el mismo tema para provocar su locuacidad; nombré a innumerables personas, pero no me fue posible sacarle una palabra más. Después de dejarme entrever un rayo de su felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba.

—¿Es usted feliz? —le dije al fin.

—En este momento sí —respondió.

Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar.

—Lord Gray —exclamé súbitamente— ¿vamos a nadar?

—¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también?


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