De Oñate a la granja
De Oñate a la granja En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel y empujada arriba y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase… «¡Vaya, que si es verdad…! El polizonte, el abanico… el misterioso resplandor testifical que irradian de sí las cosas verdaderas…». Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era mentira. «No puede ser… no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que lleve el engaño a tal extremo de perfección». Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera D. Víctor; dudaba si había dicho Fuencarral o Arenal: era cosa acabada en al. Por San Hermógenes bendito, debía buscar a Ibraim, pedirle perdón de las injurias, y recoger de su boca la exacta dirección de la difunta incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a una pobre muerta? ¿Y quién le aseguraba que los adláteres, el de la policía, las mujeres malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a embarullarle más, y acabar de volverle loco?