De Oñate a la granja

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Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas se arrojó en el lecho; no tenía ganas de comer: ningún alimento pasaría por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir, olvidar…

Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, marchándose después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la tarde, y le acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, sin que su amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de su pena. A los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su cabeza sufría extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, seguida del fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza de los recuerdos. Fue Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de su amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, adonde le siguió también Calpena.




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