De Oñate a la granja

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«Amigo Nicomedes —le dijo D. Pedro una noche, hallándose solos, el clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos—. Si usted no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas.

—Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga en cura resueltamente.

—A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un favor, en asunto pertinente a mi salud.

—Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por hecho.

—Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la Junta de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para entrar en las casas de orates?

—Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que esté encerrado en el Nuncio de Toledo, o en Zaragoza?

—Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el ingreso de un enfermo de enajenación.

—En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores de Medicina, dan la cédula de ingreso.

—Pues consígame al instante una cédula.


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