De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso?
—Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro D. Nicomedes, y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya posibles ni de dónde me vengan… y como me siento rematado, en ninguna parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo».
Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con festivas bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas alarmantes expresiones:
«Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que D. Quijote, y que cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen…
—D. Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues no me lo diga mucho, porque doy en sospechar si estaré yo también trastornado.