De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Cuidado, amigo, que así empecé yo —dijo D. Pedro incorporándose en el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos—. Y no crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilidad y manso… no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos, y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que no diga y confiese…».
Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba.
«Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios —agregó Hillo, calmada su excitación—, le inducirán a dar los pasos convenientes para meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme más perdido… ¿Con que lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi camino.
—Hombre, no… allá me espere usted largo tiempo —dijo Nicomedes tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que parecía».