De Oñate a la granja

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—De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay —dijo D. Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su compañero de casa—. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase conmigo.

—¿A dónde?

—Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted me hará la historia de sus desairadas tentativas. Créame no se puede luchar con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca… Hemos nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, Sr. D. Nicomedes; vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente, y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos enchiqueren por separado, a mí en una parte, a usted en otra, y en este caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos».





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