De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza. «¿No nos vendría bien a los dos —prosiguió el presbítero—, volver a nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio de retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran poeta:
¡Oh campo, oh monte, oh río,
oh secreto seguro deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al tráfago social:
No condeno del mundo
la máquina, pues es de Dios hechura:
en sus abusos fundo
la presente escritura,
cuya verdad el campo me asegura».