De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la llegada de una esquela para D. Pedro, la cual bruscamente llevó la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias leyó: «Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una discusión inútil. Me voy. ¿A dónde? Ya te lo diré. He averiguado dónde está el único fin de mi vida, y tras ese fin sin fin corre mi destino ciego… Nunca te olvida tu —Fernando».
—Y con su poquito de culteranismo —dijo Iglesias dejando la carta sobre la mesa—. Ese chico está más trastornado que nosotros.