De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Algo de eso oímos anoche en Tepa —dijo otro, anónimo también, pues el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, ex-ejecutor de apremios, encausado tres veces—. Y a lo que parece, el Sr. Aguado, D. Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las alhajas.
—Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la Reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor.
—Pues yo, francamente —declaró Iglesias, alardeando siempre de autoridad—, sin defender a Doña Cristina del cargo de allegadora, sostengo que eso de las alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de Palacio se lo llevó Murat!
—Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán.
—¿Y podrá probarse…?
—En ello andan. No están los palillos en malas manos.
Presentose en esto D. José del Milagro con cara tan mustia, que daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la calva.
—¿Qué traes, Milagrito? —le dijo uno de los tertulios, que con él tenía confianza—. ¿Por qué tan patibulario?