De Oñate a la granja
De Oñate a la granja En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo: «Me pongo furioso, furioso… cuando me quieren hacer creer que hubo hombres… ¡qué barbaridad!… hombres que andaban en tal facha por los caminos… Mentira, mentira todo… Me ahogo… ¡y con laúd a cuestas!…
—Pero, Serranito —le dijo Iglesias, zumbón—, ¿qué nos importa que en la Edad Media usaran, para andar de viaje, zapatillas puntiagudas? ¿O es usted de los que no creen en los siglos medios? Pues mire, aquí viene Ibraim, morisco auténtico, trasconejado…
—Es un caso de metempsicosis, como dice Juanito Donoso.
—Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la construcción de la Giralda.
—Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de San Fernando y el cofre de Doña Berenguela, cuando iban de viaje… Chitón, que ya le tenemos encima».