De Oñate a la granja
De Oñate a la granja «No me parece inverosímil —dijo Iglesias— lo que Milagro nos cuenta. Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de triquiñuelas y de golpes de efecto… pero le tengo por la persona más decente que ha calentado una poltrona ministerial… Por lo que usted nos dice, amigo D. José, D. Juan le amparará en su cesantía encargándole trabajillos…
—Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis traducciones daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de entregarme el editor D. Tomás Jordán para que se lo traduzca: El último Abencerraje y las Cartas persianas. También llevo números de El almacén universal, para traducir articulitos de relleno, que me toma el amigo Mesonero para su Semanario, sin perjuicio de las leyendas caballerescas que pienso escribir para el mismo, género que gusta mucho. Ya tengo los Infantes de Lara y La peña de los Enamorados… Haré tres o cuatro docenas; todo de asunto español, romántico, pero con buen fin.
—Sí —dijo Serrano—: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos zapatos de larguísima punta… Señores, yo pregunto cómo se podía andar por los caminos con semejante calzado…».