De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Pues la cosa es muy lógica —apuntó Iglesias—: D. Juan debe tomar el desquite… Yo en su lugar…
—Usted en su lugar no lo haría, Sr. D. Nicomedes —afirmó Milagro con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la mesa—; porque es usted caballero, ni más ni menos que D. Juan Álvarez Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que D. Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: 'No te apures, hija, que yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por Dulcinea, yo, yo… yo lo demostraré'».
Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte golpe en la caja del pecho cada vez que pronunciaba un yo. Después le ofrecieron un vaso de agua, y apagó, bebiéndolo sin respirar, el volcán de indignación que en su seno ardía.