De Oñate a la granja

De Oñate a la granja

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—Vamos, hombre, gracias a Dios que dejas a un lado la paja y vienes al grano. Pues mira, Sancho, corre al instante en seguimiento del coronel de Gerona, y el mismo recado que te di para Narváez se lo encajas a él. ¿Has perdido la boleta con mi nombre?… Ahí la tienes: bien… Pues vas, le sueltas la boleta y le dices que deseo hablarle; que me señale, hora y sitio… ¿estás? Corre, Sancho amigo, que necesitamos ganar horas, minutos…».

Salió Sancho presuroso, y el Sr. Rapella, abreviando los últimos trámites de su complejo tocador, dio golpes con los nudillos en una puerta próxima, diciendo a gritos: «Fernando, hijo, ¿duermes todavía?». Como no recibiera contestación, empujó las mal ajustadas tablas que componían la puerta, y penetró en un camaranchón que recibía la claridad de un tragaluz del tamaño de medio pliego de papel. Allí, entre arcones cubiertos de polvo, sacos de paja y viejos instrumentos de labranza, yacía durmiendo bajo una manta, Fernando Calpena, el cual, si despertó a las voces que daba su amigo, hubo de tardar algún tiempo en vencer el embrutecimiento que un profundo dormir en cuerpo tan cansando producía. Viéndole desperezarse, Rapella le dijo: «Levántate pronto, y vístete y arréglate. ¿Conoces tú a O'Donnell?

—¿Enrique?

—No: Leopoldo.


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