De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que vio en el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito que librarse del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos pegajosos, y allá se colaron también dos señores capellanes, extremando su cortesía. «El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se muestran, es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. Basta con decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a ver a Su Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle». No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba esta grata respuesta: «Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted ahora mismo».
—Ya sabía yo —dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose un tono tremendo entre aquella gente—, ya sabía yo que me recibiría sin pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en lugar céntrico, un buen alojamiento para los tres».