De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un reguero de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a Calpena razón de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que resignarse a vivir con alguna estrechez por estar Oñate lleno de gente forastera, con tanto empleado y tanto señor de oficina. Más que en la comodidad del pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en el capital asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular preguntas: «¿Conocen ustedes a un señor D. Ildefonso Negretti, que ha venido a la contrata de armas y municiones?
—¿Cómo dice usted…? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen tantos, unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de boca! ¿Es por casualidad francés?
—No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa joven, morena.
—Ya sé quién es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae consigo una vieja y una señorita que parece tísica.
—¡Tísica! No puede ser, a menos que… —dijo Fernando en la mayor confusión—. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos.
—Una damita flaca —dijéronle en vasco mal castellanizado—, con el pelo de color de cola de buey.