De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Yo no me meto en dibujos —declaró Cerio, comiendo también nueces, único postre que había—, ni entiendo de si se deben llevar las cosas por lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita.
—¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros.
—Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu, oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O'Donnell, coronel del regimiento de Gerona, del cual sólo han quedado doce hombres.
—Me parece, Sr. D. Matías, que no está usted bueno.
—Hombre, quién sabe, quién sabe… ¿Y dice usted que unos viejos que venían…?
—De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: Ribero, con su división, atacó por Zuazo de Salvatierra, y toda la caballería que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden ustedes figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón de huesos de hombres y caballos.
—¡Bonito montón! también nosotros lo vemos, amigo Urra.