De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Y entiendo —agregó Rapella con oficiosidad—, que en los proyectiles de obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino.
—Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha traído Negretti…».
Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado por la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios del Príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como un trueno… Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué hablaban?… No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en sus oídos retumbaba.
«¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la fundición de metales?
—Sí, señor —replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del deseo de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a otro—. Soy muy aficionado».
Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado podría infundir sospechas, se apresuró a ponerse en la rectitud, como diría Hillo.
«Dispense Vuestra Alteza mi distracción… quise decir: aficionado a Propercio».