De Oñate a la granja

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Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso, continuó: «Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque sea gloriosa… Desde que llegué a este país, no he podido abrir un libro de los que han sido, en épocas más bonancibles, mi mayor deleite. Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre coronado por el éxito. Verdad que me ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento nos da ideas, no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a fuerza de tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y montajes; hemos fundido algunas piezas… En fin, no estoy quejoso, y la historia dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan difíciles. Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe, ¿por qué no decirlo? la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por la terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover las montañas, se le parece mucho.


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