De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento la espada de Córdova. Me conviene el statu quo para las averiguaciones que pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti aquí; si le acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha dejado la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún convento…
—Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quien es Rapella!… ¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta! Todo eso que quieres saber, ya lo sé yo… ¿Por quién me tomas? ¡A fe que tengo bonito genio para estar tanto tiempo ignorante de lo que interesa a mis amigos!».
La aproximación de un sacerdote que se detuvo en medio de la nave mirándoles atentamente, les obligó a callar.
«¿Quieres saberlo? —prosiguió el siciliano, libre ya del importuno clérigo—. Pues déjame terminar lo que diciendo venía. Para tu asunto es indiferente que evacuen o no evacuen la gloriosa villa de Oñate, porque… vamos, aplacaré tu curiosidad: Negretti está aquí; tu niña, no… Ya te contaré cómo lo supe.
—Cuéntemelo usted ahora.
—Silencio, que nos mira aquel tío gordo que parece un fraile vestido de paisano. Conviene que nos arrodillemos y hagamos como que rezamos un poco… Mucho cuidado con esta gente.