De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —No me tenga usted en esta ansiedad —dijo Fernando de rodillas, persignándose.
—Repito que para tu asunto es indiferente —prosiguió Rapella dándose golpes de pecho—, y para el mío de gran interés que les arreen a estos caballeros una paliza muy gorda. No encuentro en D. Sebastián las blanduras que yo creía: la amistad y el cariño que en Madrid me manifestaba se recatan ahora, se revisten, como si dijéramos, de una capa de desconfianza. Su ambición, que es grande y legítima, no se rinde a los reclamos de allá mientras de este lado tenga flores el árbol de la esperanza. Venga un cierzo que arranque toda la flor del árbol, y la ambición del Príncipe no será tan arisca… Pero yo no he venido aquí a negociar sólo con D. Sebastián Gabriel. Traigo otro grande embuchado para su tío, el Rey absolutísimo, de quien no sacaré jugo mientras esté boyante y entero. Pero si sufre un descalabro y le cojo por ahí, con las manos en la cabeza, entre el barullo de sus soldados fugitivos, cree que se le aplacarán los humos. La Santísima Virgen, su inspiradora y Generala, ha de aconsejarle que me oiga, y que acceda a lo que le propondré… Esto es más que reservado, y no esperes que te lo diga.
—Ni me importa saberlo. Lo que ha de decirme usted pronto…