De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Salió de Palacio D. Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir: «Nada, señores, no hay que apurarse, pues no se acaba el mundo por un revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el desquite mañana mismo». Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena le observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de Mendizábal; como este bien parecido, de edad poco más o menos la misma, vestido con cierto esmero inglés. Como los liberales a D. Juan Álvarez, los facciosos habían traído de Londres al Sr. Erro, movidos de su fama de gran rentista, y entró el hombre en el Real de D. Carlos prometiendo atar los perros con longanizas, terminar la guerra en seis meses, como el otro, y sacar dinero de debajo de las piedras. Luego resultó que todo era ensueños, cuentas galanas, humo… Acompañado de su secretario el capellán Ibarburu, salió también el Sr. Arias Teijeiro, hombre vulgar y antipático, que improvisándose faccioso después de haber jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos de liberalismo, había ganado el corazón de D. Carlos y era en su Corte uno de los más furibundos ojalateros. Descollaba por querer meter en todo el formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos, y fue una de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el campo de la facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó muy estirado y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la natural ansia de los vasallos del Pretendiente; pero menos discreto Ibarburu, que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al instante para decir ore rotundo: «Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es pura y simplemente… una fase, una peripecia de la acción, que no ha terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total de la batalla, que ha sido, que es, mejor dicho, empeñadísima, desarrollándose en una extensión de muchas leguas. Lo que puedo asegurar, pues de ello se tiene noticia exacta, es que las bajas de los cristinos han sido horrorosas… horrorosas.