De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —¡Horrorosas! —repitieron los del corrillo, y la palabra resonó extendiéndose y atenuándose con la distancia, como la onda en la superficie del agua.
—Tengamos calma; confiemos en la pericia de nuestros generales… y sobre todo, hay que confiar siempre en la protección del Cielo, que no nos abandona, que no puede abandonarnos, porque somos la fe, la razón, el derecho, la justicia, la honradez… ¡Pues estaría bueno que el Cielo, la suma Sabiduría, diera la victoria al filosofismo, a la usurpación, a las ateas discordias!… No puede ser. Repitamos todos que no puede ser».