De Oñate a la granja

De Oñate a la granja

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«¿De Arlabán, qué quieren que diga? ¡porra! No podía suceder más que lo que ha sucedido. ¿Qué se puede esperar, ¡porra! de la dirección que da a la guerra ese rocín? ¡Porra!

—Pero si dicen que la acción no ha concluido, que todavía…

—Que todavía falta…

—Sí, falta la más negra, ¡porra, contraporra!

—Ha sido una peripecia.

—Sí, sí, buena peripecia nos dé Dios ¡porra! Ha sido… aquí en secreto, aquí en gran confianza, una paliza tremenda, una carrera en pelo como la de Mendigorría… ¡Si no podía ser de otra manera!… si lo vengo diciendo…

—Pero todavía… podría ser que nos rehiciéramos.

—Sí, sí; para rehacernos está el tiempo. Lo que pueden ustedes rehacer es la maleta, ¡porra! porque o yo me engaño mucho, o esta noche se plantan aquí.

—¿Quién?

—Córdova… Espartero… qué sé yo».

Y se fue a su alojamiento, seguido de su comparsa que aún no se cansaba de oírle. Era D. Rafael Maroto de buena presencia, gallardo, casi atildado, de palabra expresiva y amena conversación, en la que no era fácil separar la frase feliz del abusivo adorno de porras y contra-porras.


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