De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Avanzada la tarde, se fue generalizando en el pueblo la triste idea de la necesidad de la evacuación. Con un movimiento admirable, nuevo testimonio de las grandes dotes tácticas del insigne Córdova, secundadas por los generales de división Espartero y Ribero, el ejército cristino habíase posesionado con relativa facilidad de las formidables alturas del puerto de Arlabán, y era dueño de las sierras de Elguea y del monte de San Adrián, que cae sobre Aránzazu. Desde las lomas que cercan a Oñate, así como de las torres de las iglesias y de los tejados de algunas casas, se veía perfectamente esta posición, ocupada ya por las tropas de la Reina. A poco que estas se dejaron caer, ¡adiós Corte de Carlos V, adiós capital del flamante Estado absolutamente absoluto! Y no había tiempo que perder. Antes de media noche era forzoso que escapasen del pueblo, en busca de lugar seguro, el Rey con toda su alta y baja servidumbre, el Ministerio Universal con sus dependencias, las secretarías llamadas Ministerios con sus respectivas cáfilas de empleados, el Estado Mayor, todos los ramos y ramilletes de Guerra, la Superintendencia de Vigilancia Pública, la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, las diferentes Intendencias, Contadurías y Pagadurías, la Maestranza, etcétera, etc… con todo el papelorio, que en el poco tiempo de existencia formaba ya una costra formidable, y el balduque, los tinteros, las obleas, los polvos de secar, y todo, Señor, todo, pues con ser aquello un Reino en miniatura, abultaba ya casi tanto como la mitad o los dos tercios de un reino grande.