De Oñate a la granja

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Y si no era floja impedimenta la caravana eclesiástica que llevaban por do quiera, capellanes sinnúmero, familiares del Obispo de León y de otros reverendos, confesores, ministros de la Generalísima, la caterva militar y palatina la superaba, pues había Guardias de honor de infantería y caballería para la Real persona, y un cuerpecito de Guardias de Corps, que no tenía más objeto que custodiar y hacer los honores debidos al estandarte de la Virgen de los Dolores, que D. Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano caracol, siempre con el trono a cuestas… No se veían más que señores que desalados corrían a las oficinas, a empaquetar legajos, y después a sus casas, con medio palmo de lengua fuera, a guardar las casacas, el que las tenía, y los trapitos de ceremonia.

«He de intentar colarme en Palacio, ofreciendo mis servicios al Infante —dijo Rapella a su amigo, contemplando el inmenso trasiego de gente presurosa entre Artazcos y el Principal—. Y como estamos en peligro de quedarnos sin caballerías, porque los prófugos echarán mano de todas las que hay en el pueblo, conviene que mientras yo busco por aquí quien me introduzca, vayas tú a prevenir a Sancho para que dé un pienso a nuestros animales, y ensille y disponga todo, que el golpe bueno es salir antes que nadie, y agregarnos por el camino a la comitiva del Rey o de D. Sebastián».


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