De Oñate a la granja

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—Servidor —replicó el atleta llevándose la mano a la boina con militar saludo—. Y usted es el Sr. de Calpena. Le he conocido no sé en qué, pues es la primera vez que tengo el gusto de verle… Corazonada… En la manera de mirarme usted le he conocido. Y como el Sr. Roa me dijo esta mañana que dos caballeros de Madrid preguntaban con interés por mí y por mi sobrina…

—¡Aura! —exclamó Calpena tan turbado que no sabía por dónde empezar—. Aurora…

—Sí, ya sé, ya sé… Hace usted bien en hablar conmigo, y en venir a nosotros por el camino derecho, porque yo no me como la gente; soy hombre razonable y sé ponerme en lo natural. Venga usted conmigo si quiere que hablemos un rato, que el tiempo apremia, y tengo que prepararme.

—Ya sé que la familia —dijo Calpena empezando a recobrar el aliento—, está en un pueblo de la costa.

—Sí señor… Como siempre me pongo en lo mejor, ese es mi natural, le supongo a usted con intenciones honradas y de caballero. Dígolo, porque si viniera con propósito de burlarme y de hacernos algún paso de comedia, ya puede volverse por donde ha venido, porque soy hombre que no se deja embromar. En el poco tiempo que lleva Aurora al lado nuestro, le hemos tomado mi mujer y yo gran cariño. La queremos ya como si fuera nuestra hija…».


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