De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Algo quiso decir Fernando; pero Negretti le tapó la boca con un gesto, queriendo abreviar, y prosiguió: «Ya sabemos la historia. Con lágrimas y suspiros nos ha contado la niña que le quiere a usted; que no puede querer a otro… Está bien, muy bien… Ahora, en pocas palabras, señor mío, le manifestaré mi opinión. Si yo llego a entender que es usted digno de ella, no me opongo, ni Prudencia, mi esposa, se opondrá tampoco. Demuéstreme el Sr. Calpena que es un joven de familia cristiana y limpia; vea yo que por su honradez, por su seriedad, por sus circunstancias, es merecedor de tal joya, y ya estamos en vías de acomodarnos. Si me sale con la gaita de que es poeta o de estos que no tienen más oficio que escribir en papeles, no hemos hecho nada, señor. Curaremos a la niña de su mal de amores, lo que podrá ser difícil, pero no imposible, y a Rey muerto, Rey puesto».
Nuevamente quiso hablar Calpena; pero el otro le cortó por segunda vez la palabra con estas: «Poetas y emborronadores de papel no queremos en casa. ¿Es usted por casualidad propietario?
—No señor.
—¿Es usted abogado? ¿Tiene alguna carrera?
—No señor.
—Empleado quizás…
—Lo he sido. Puedo volver a serlo.