De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Pues no necesitamos hablar más por ahora. Antes de ir a Bermeo irá usted a donde yo esté… y estaré con la Corte, pues no puedo apartarme del servicio de Maestranza en el Real de D. Carlos. Hable usted conmigo, entendiendo que para ganar aquella plaza, tiene que ganar antes los baluartes que la rodean y defienden, y esos baluartes véalos en mí. Yo soy la muralla. Póngame usted sitio, y por los medios que emplee para conquistarme, sabré yo si debo o no debo rendirme. Por de pronto escribiré a la niña, diciéndole que he visto a su galán, para que esté tranquila… Con que…
—¿Pero qué, nos separamos ya? —dijo Fernando con ansiedad, sintiendo que el tal Negretti se le metía en el corazón.
—Sí señor. Yo tengo que preparar la salida del material, salvo lo que por su peso es forzoso dejar aquí. Me parece que ya hemos parlado todo lo substancial. Ya sabe dónde me encontrará.
—Pues separémonos; pero no sin decirle que, contra lo que esperaba, hallo en usted la suma lealtad y la hombría de bien más pura. Yo me lo figuraba un monstruo, un tirano, el mayor y más fiero enemigo de mi persona y de mi felicidad; pero ya veo…
—Adiós, adiós… Me esperan. Vea usted; allí me están llamando… Hasta que nos veamos; lo dicho, dicho… Adiós».